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Enterate lo que es la nueva TV comunitaria y de resistencia en Argentina: agoratv.org

Enterate lo que es la nueva TV comunitaria  y de resistencia en Argentina

 

Fuera de la ley, por Grupo Alavío

 

 

Hay mucho mas que decir de la fuerza material del público que a favor de la opinión pública. La  primera puede ser refinada. La segunda es siempre imbécil. Se dice con frecuencia que la fuerza es un argumento. Pero esto depende de lo que se pretenda demostrar. La mayor parte de los problemas más importante de estos últimos siglos (...) han sido resueltos exclusivamente por medio de fuerza material. La misma violencia de una revolución puede dar grandeza a la multitud. Fue un día fatal aquel en que el público descubrió que la pluma es superior en poder a un adoquín y puede ser más peligrosa en la ofensiva que el ladrillo. Inmediatamente el público buscó al periodista, lo encontró, lo fomentó, e hizo de él su criado activo y bien retribuido. Lo cual es lamentable para el uno como para el otro. Detrás de la barricada puede haber mucha audacia y heroísmo. Pero ¿qué hay detrás de un artículo de fondo que no sea prejuicio, estupidez, puritanismo y verborrea? 
Oscar Wilde El alma del hombre bajo el socialismo (1890)

                                                        

La perspectiva

 

Aunque mucho se ha escrito sobre lo alternativo o alterativo como debate, en los colectivos de producción de contrainformación donde participamos, fue la práctica más que la reflexión teórica la que nos obligó a dividir aguas entre las experiencias comunicacionales. La discusión interna tendiente a la búsqueda de horizontes y la necesidad de identificar quién es aliado táctico o estratégico, amigo o simplemente vecino, conocido o compañero, nos condujo a pensar qué características deberían poseer los medios para ser pensados como parte de un movimiento tendiente a aportar desde una práctica revolucionaria.
En lo que hace a la contrainformación, existe también una variada gama de definiciones y sentidos. Una primera aproximación corresponde a una interpretación más o menos literal y generalizada, donde la acción comunicacional parte de la necesidad de dar respuesta a lo anunciado (pregonado) por los medios masivos y hegemónicos . Es decir: si el gran medio de la burguesía publica “A” nos vemos obligados a dar nuestra versión sobre “A”.
             Una segunda aproximación a la contrainformación se encuentra en aquellas experiencias que intentan penetrar en las “grietas” del sistema mediático, filtrando información que pueda beneficiar en algún sentido a los sectores populares.  Ya sea por la novedad del tema, por el carácter “progresista” que muchos medios masivos intenta aparentar, por tener un “periodista amigo” en la redacción, etc., podría pensarse que es posible el aprovechamiento de las contradicciones en el campo enemigo y hacer una práctica política de esto.    
            ¿Pero cuáles son los alcances de estas definiciones? Sin duda, los límites más graves se encuentran, en el primer caso, en la elección de la agenda: como un reflejo invertido, la experiencia comunicacional se reduce a los temas propuestos e impuestos por los grandes medios. Y como la formación de la opinión pública es un objetivo estratégico de los grupos de poder, enfocan muy precisamente sus recursos hacia aquellos temas que favorecen tal o cual necesidad coyuntural para la valorización del capital (apoyar o denostar un régimen o gobierno, desviar la atención de algún problema particular, promover algún proyecto político o económico, etcétera). En este sentido, los medios masivos muchas veces incluyen temas sensibles socialmente en pos de algún objetivo poco claro, como puede ser alguna interna entre los propios intereses del poder o tratar de resignificar lo habitual como excepcional (de tanto en tanto algún niño muere de hambre en vivo y en directo por los canales de TV y los diarios publican la noticia en tapa). En este caso podríamos preguntarnos ¿que o quién nos obliga a correr esta carrera en campo enemigo?
En la segunda aproximación a la caracterización de contrainformación, aunque aceptemos la hipótesis de la existencia de “grietas” que permiten ser penetradas, no podemos dejar pasar que tanto el control de los contenidos, como los parámetros estándares que son aplicados en las empresas capitalistas prenden la luz roja de alerta ante cualquier síntoma de “cuerpo extraño”. De ahí en mas se ponen en marcha los mecanismos del ocultamiento, censura,  autocensura y descontextualización. Incluso hasta  “desmentidas” e invención de pruebas en contrario de alguna “falla” informativa que se halla pasado, pueden tener cabida en este proceso de producción de subjetividades.
Así, pese a que no es inocua esta posibilidad (resulta atractivo bucear entre el marasmo de velos que encubren las relaciones sociales de explotación), el resultado es dudoso a nuestro entender, porque es sumamente difícil remontar para el sentido común el andamiaje ideológico que constituye el sistema comunicacional de la burquesía.  En la práctica, tanto la selección de noticias como la lectura entre líneas  es todavía dificil de pensar en la mayoría de los receptores de la información de los grandes medios.
Sin embargo, aún existe mas opción sobre como pensar la contrainformación. Mas allá que puedan incluirse las prácticas mencionadas anteriormente como estrategia comunicacional para la lucha anticapitalista, es fundamental ampliar el espectro de posibilidades superando las imposiciones del enemigo de clase y sorteando los campos de batallas y armas del estado y patrones.  Entonces se hace imprescindible constituir agendas y canales propios de expresión según las dinámicas y necesidades de los sectores más activos en la lucha de clases, valorizando excluyentemente las perspectivas y acciones de los trabajadores y demás sectores explotados y oprimidos por el sistema capitalista. Esta modalidad, que tiene su máximo potencial en el marco de la lucha revolucionaria,  puede proponer, a la sociedad de conjunto, visiones que rompan con lo establecido, que den batalla por la constitución de una nueva subjetividad tendiente a la libertad y emancipación de clase trabajadora. La producción simbólica pasa a ser, de este modo, militancia social y política, acto creador de emancipación. Buscando nuevos caminos y escenarios propios nos vemos en la obligación de romper el estrecho corcet de la sociedad de control. Nos encontraremos rapidamente en el limite de la regulación, de la norma, de la ley. Paso seguido las fronteras entre legalidad e ilegalidad se vuelven borrosas, arbitrarias ante las interpretaciones de jueces, policías y demás herramientas del poder para mantener el hambre y la explotación. Por lo tanto la participación orgánica en la lucha de clases, desde esta opción de contrainformación, necesariamente va a transitar por esos senderos. Con un pié dentro y el otro fuera del sistema legal, económico y político de la burguesía.
¿Cómo se determinan las fronteras entre lo legal y lo ilegal? ¿Qué parámetros son los que detonan los aparatos represivos para ejercer la censura, la proscripción y hasta la cárcel para aquellos que vulneren las normas establecidas? ¿Qué aspectos del mensaje son considerados inofensivos, tolerables, peligrosos o hasta pasibles de persecución y sanción penal? Estas son sólo algunas de las preguntas significativas a considerar a la hora de planificar estas acciones de comunicación.

Entre el decomiso y la cooptación

Las prácticas comunicacionales de nuevo tipo, en su amplia gama de variantes, dependieron en las últimas décadas del ingenio de los sectores populares para adaptar y apropiarse de técnicas y tecnologías desarrolladas en el marco de la producción capitalista mercantil. En la década de los ochenta, con el auge de las emisiones de radio en frecuencia modulada (FM), aparecieron en todo el país cantidades de señales impulsadas por las más variadas motivaciones: reivindicación de la libertad de expresión luego de los años de dictadura militar ; difusión de políticas partidarias de sectores de la izquierda institucional; proyectos de servicios y promoción comunitaria; órganos de expresión de subculturas agrupadas a través de la música o consignas culturales particulares, y –también-- expresiones comerciales que se camuflaron con algunos de los condimentos enunciados .
Sin un marco jurídico que las contemplara, todas estas experiencias transitaron la ilegalidad hasta el día de hoy, bajo la figura de “emisiones clandestinas” y la denominación mediática por parte de la burguesía de “radios truchas”.
Esta situación obligó al acuerdo entre partes, a través de sus fundadores, tanto para trabajar en pos del reconocimiento legal como para librar acciones conjuntas de protesta en casos de cierres y decomisos de emisoras, permitiendo agrupamientos de radioemisores en asociaciones profesionales. Como la otra cara de la moneda también hubo guerras comerciales por las frecuencias, la práctica de “pisar” con mayor potencia de transmisión a otras radios, la pelea por fuentes de recursos financieros  y por la obtención de algún reconocimiento precario por parte del Estado nacional, provincial, municipal o del poder judicial . Todo esto en un cuadro político y económico que guió las tendencias represivas por parte del Estado, demostrando tanto arbitrariedad para la represión, como voluntad de transformación funcional de estas experiencias a favor de los intereses de turno del poder.
            Ahora bien, durante los noventa se desarrolla en Argentina uno de los procesos de concentración y centralización del capital más salvajes. Precisamente el sector de las comunicaciones es uno de los baluartes más preciados de todos los rubros. Se privatizan los canales de TV, las emisoras de radiodifusión de AM o FM y las empresas telefónicas; la difusión privada de televisión por cable llega prácticamente a todo el país y comienza una lucha encarnizada por la compra y recompra de medios tendientes a la integración de multimedios y la eliminación de posibles competencias. Pese a ello --o justamente por ello--, en esa misma década se da el boom de los canales de TV de baja potencia . Con la aparición del video hogareño y el consiguiente abaratamiento de la realización audiovisual, una disposición tecnológica relativamente simple y un tipo de cambio que permitía la importación de microcomponentes para transmisores a relativamente bajo costo, estas experiencias se multiplicaron.
Pero la reacción del Estado, en este caso, no fue tan condescendiente. Desde muy temprano se sucedieron las persecuciones con cierres de las emisoras, decomisos de equipos y apertura de causas penales y civiles para sus responsables. Al mismo tiempo, se redobló la política de cooptación de estos medios por parte del sistema político partidario tradicional, sosteniéndolos económicamente desde municipios u otras esferas del poder y transformando sus contenidos y mensajes a favor del poderoso de turno. En estos casos, orgánicos al sistema capitalista, los medios fueron tolerados y financiados más allá de su consideración como “ilegales” en términos de ley de radiodifusión.
Sin embargo, los mecanismos de cooptación de los medios nacientes  también tienen sus matices y debe haber voluntad de contraparte para que esto suceda. A esto contribuyó entre otras cosas las expectativas de quienes tuvieron las primeras iniciativas de profesionalizar el medio, los intentos de “seducir” en términos de mercado posibles anunciantes o fuentes de financiamiento; las exigencias de incorporación de equipamiento; el temor por mantener la señal fuera de posibles competidores y la reivindicación de “vivir del medio” de los dueños de radios y canales “alternativos”. Así, se fue cediendo cada vez mas a las presiones del mercado. Se venden espacios con lo que se fragmenta la unidad de la programación, apostando al que mejor cotiza. Los contenidos y el formato se uniforman. El tono de la voz se vuelve grave y seductor. Se eliminan las tonadas locales. Las voces de la disidencia se apagan ante la posibilidad (incierta) del reconocimiento estatal.
Algunos temas desaparecen de la señal; paradójicamente, aquellos que dieron motivo de nacimiento al medio. No se reconoce en el aire la calificación legal que pende sobre radios y canales de tv como espada de Damocles. En caso de allanamientos o cierres temporales, la explicación que prima ante el público es que hubo “desperfectos técnicos”. La hipocresía pasa a ser explotación mercantil. El alma del medio se tiñe del color del dinero. La autocensura recorre el camino del financiamiento. Y el objetivo central, entonces, se muestra de cuerpo entero: mayor potencia de emisión, mayor capacidad de facturación.
Frente a la completa integración de la mayoría de las experiencias, otras pivotearon entre un perfil social y la infinita búsqueda de la opción por lo legal, a la vez que descartaron como aventureras o utópicas otras iniciativas que no contemplaron las soluciones legales o de mercado como condicionantes de sus contenidos y de su propia existencia.

El todo y las partes

 

¿Cuáles son las características de las experiencias que siguieron funcionando (aunque en forma intermite o temporalmente) pese a los cantos de sirena del mercado y del posibilismo, aquellas leales a sus objetivos de transformación en tanto herramienta militante de contrainformación? Vamos a intentar puntualizar algunas, que podríamos resumir en las formas de propiedad, gestión, financiamiento, contenidos, participación e integración a los movimientos sociales y políticos.
La propiedad. No es posible que un medio de comunicación sea parte de un proceso social tendiente a cuestionar las instituciones del sistema capitalista si está basado en la explotación del trabajo. El sistema capitalista, justamente, se sustenta en la apropiación del trabajo de la clase desposeída de los medios de producción por parte de los patrones y dueños del capital, cuyo basamento fundamental está dado por el derecho a la propiedad privada. Por eso, más allá de la “buena voluntad” que tenga el dueño del medio, éste vive en forma permanente la contradicción de reproducir lo establecido.
En otras palabras: no existe posibilidad alguna de interpretación de una empresa de propiedad privada que no sea la obtención de utilidades (ánimo de lucro) para reproducir el avance de capital inicial. Por lo tanto es necesario y fundamental pensar alternativas a la propiedad privada que incluyan otros objetivos. Como prioridad: la promoción del servicio comunitario y el establecimiento de nuevas formas de relación social dentro del propio sistema capitalista tendientes a prácticas de vínculos solidarios y de producciones no mercantiles. Tal vez la modalidad más apropiada para este desafío esté en la propiedad social o colectiva del medio; es decir, colectivo de trabajadores, organizaciones sociales, incluso público destinatario de los mensajes deberían ser los “dueños provisorios” del medio a la vez que responsables del patrimonio social que lo compone.     
La gestión. La modalidad predominante con respecto a cómo llevar adelante una experiencia comunicacional es la de delegar a un “gerente” o “administrador  profesional” las tareas de gestión. Este modelo lleva implícita la concepción de la división social del trabajo entre los que diseñan y conciben, por un lado, y los que producen y ejecutan, por el otro. La producción capitalista utilizó como forma de control social, disciplinamiento y herramienta a favor del aumento de la tasa de explotación la expropiación de los saberes obreros, poniéndolos a resguardo en oficinas de ingeniería de métodos y tiempos, reduciendo a mínimas expresiones las tareas de los trabajadores con gestos repetitivos y programados tendientes a optimizar el control del cuerpo y las cadencias (ritmos) de trabajo. De ahí la necesidad de una mediación profesional entre el propietario del capital y el trabajador. Estos cuadros intermedios en la jerarquía empresarial llevan adelante el imperativo de mayor tasa de beneficio para el capital invertido y actúan en consecuencia.
Una modalidad que anule esta intermediación y dé participación a los sectores involucrados en el proceso comunicacional seguramente optimizaría recursos al eliminar este factor distorsivo. Además, en términos de nuestro objetivo --como lo fundamental es la constitución de agenda propia--, la mediación “profesional” del técnico en gestión no alcanza; incluso, da límites muy cortos a la experiencia. No tiene sentido el retratar, analizar, evaluar o convocar a la lucha de clases sin la participación activa de los actores sociales involucrados en el proceso de lucha. Por tanto la gestión debe ser participativa y flexible para que tengan espacios los sectores en lucha interesados en la existencia del medio.
El financiamiento. Un límite claro y difícil de superar para cualquier emprendimiento comunicacional es el financiamiento tanto para comenzar a funcionar como para desarrollar los recursos tendientes a saldar los gastos operativos y las inversiones en tecnología que hacen falta. La primera tentación es que el propio medio, a través de la venta parcial de espacios, sea la fuente de ingresos principal; de hecho los medios masivos de la burguesía obtienen sus ingresos fundamentales de la publicidad y de la venta directa espacios para terceros. Esta política de ingresos, sin duda, condiciona los contenidos y la coherencia interna de programación, cuando el rating de productos comunicacionales / mercancía es la medida de la supervivencia.
De hecho, la valorización del mercado restringe a parámetros estrechos las posibilidades temáticas como de exploración formal: los sectores que decidieron el futuro de sus medios ligados a la valorización mercantil, se estructuraron sobre la pobreza de contenidos a partir de la necesidad de consensuar con sus posibles anunciantes o financistas “el qué, cómo y cuándo del medio”.
¿Cómo romper entonces con esta restricción? Siendo el colectivo de trabajo el recurso principal para la operatividad de un medio, lo descontamos como parte constituyente a través del rescate del trabajo voluntario y de la militancia social como factor dinámico y creador de valor social. Otros agentes intervinientes, como las organizaciones sociales o políticas que participan en la elaboración de la agenda del medio o el público objeto de los mensajes, deben ser tenidos en cuenta también en lo relativo a la posibilidad de financiamiento genuino. Pensamos que ésta es la posibilidad más saludable y ligada a los objetivos originarios de la comunicación.
Los contenidos. Motivo de ser de un medio, los contenidos también están atravesados por las contradicciones señaladas en la caracterización de los anteriores elementos. Son los que nos permiten pensar en algún mecanismo que dé coherencia interna a un discurso compuesto por la colección de temas, notas o programas que aborda un medio de comunicación. El terreno de los contenidos es un espacio en la búsqueda de lo popular, que presenta la tensión entre lo espectacular por un lado y las necesidades organizativas y de constitución de discurso de los sectores en lucha por el otro. Que contiene la atracción por lo fragmentario, que limita  la realidad a aspectos parciales, como la búsqueda de unidad ideológica de sentidos. La apertura a la diversidad, junto a la provocación; la crítica social con la autocrítica, la necesidad inmediata con la búsqueda y experimentación de las formas. Estos aspectos son indispensables a la hora de planificar la programación.
LA paRTipación.  ¿Es posible resquebrajar el mandato tecnológico de nacimiento, que hace unilateral al medio?. Para dar respuesta a esta pregunta es importante la búsqueda de una práctica que implique alguna forma de reversibilidad de la carga que transita. Si no existe este intento reproducimos autoridad, inmobilización.  Y en esto no basta intentos formales, recursos para la apariencia. Solo cuando la festividad de lo público identifica al protagonista con el espectador en un juego dialéctico de interacción, es inimaginable una sola voz, un solo camino de esa voz. La celebración iguala en términos comunitarios. Es posible, por tanto, un feedback que a la vez que represente a las audiencias, las haga constituyentes de un discurso abierto y construido colectivamente.

            LA ADAPTACION Y APROPIACION TECNOLÓGICA  La posibilidad de completar un proceso productivo desde la extracción de las materias primas, pasando por la transformación de los materiales hasta que estos son consumidos por quienes tienen necesidad de ello, es el anhelo de todo productor o colectivo de producción que se halla propuesto la autonomía como objetivo estratégico. Algo parecido pasa con las apropiaciones de tecnologías. Si bién todavía en muy grande la dependencia proveniente de la producción mercantil, debería ser un tema prioritario la producción por nosotros mismos, de los equipamientos necesarios. Dentro de esta política es muy importante la adaptación, resignificando los objetivos originales para las cuales fueron diseñados y fabricados, gran parte de los equipamientos y transformándolos en boomerangs contra la ideología dominante.  Esta opción requiere de programas de formación en los aspectos técnicos y tecnológicos de la mayor cantidad posible de compañeros.
La integración a los movimientos sociales y políticos ¿cómo hacer para que las propuestas comunicacionales sean aceptadas por el público que se espera las recepte? ¿Qué lenguaje usar, cómo integrarnos con grupos afines, cómo perforar aún más las contradicciones que somos capaces de identificar en el sistema político y comunicacional de la burguesía?
            Así como es posible apropiarse y darle otro sentido a las tecnologías, la respuesta a estas preguntas están íntimamente ligadas a la posibilidad de apropiación de los medios contrainformativos por parte de los sectores en lucha. Para que esta apropiación se haga carne, es necesario primero que el colectivo comunicacional se integre a los movimientos sociales y a los procesos de lucha. El ideal es formar parte de las organizaciones y contar en acuerdo político las historias que se quieren narrar. El otro objetivo es que los sectores en lucha se transformen a la ves que protagonistas en productores de sus propias realidades / mensajes a ser emitidos por el medio.

¿Fuera de la ley?

            Las prácticas que se encuentran dentro de la perspectiva aquí planteada apuntan entonces a dar la batalla contra el imaginario establecido. Trabajan por constituir identidad y un pensamiento que refleje los intereses y las necesidades específicas de los trabajadores y de los sectores explotados. Por eso no se escudan en una supuesta objetividad, sino que, al contrario, comparten el carácter de compañeros con los que están luchando: el medio es una herramienta más, como lo es el palo o la capucha. Evidentemente, el margen de legalización de una experiencia que cumpla con estos postulados y sirva como herramienta a ser usada contra el sistema capitalista es bastante poco probable. Aún así, la opción de resignar o directamente suprimir alguno de los postulados señalados en los apartados anteriores es suficiente para cuestionar la propia existencia del medio como arma en contra del sistema.
            En efecto, muchas veces escuchamos frases hechas y lugares comunes que indican que “hay que moderar el discurso para lograr la legalización”; que “hay que mantener la crítica pero con un perfil bajo que nos dé chances para obtener un permiso precario que nos permita funcionar”; que “hay que cuidar la herramienta para una etapa superior de la lucha de masas” y que, en todo caso, hay que esperar mejores tiempos para, ahí sí, “desarrollar nuestra verdadera política”. El sueño de la legalización como utopía redentora esconde los costos que, para alcanzarla, deben asumir estas las experiencias: alejarse de los objetivos que dieron nacimiento al medio.
El primer obstáculo de la legalización, para ser más precisos, es el paso que implica dejar de ser una organización  informal para convertirse en una organización que atienda los requisitos de las normas legales. Para funcionar, el medio tendrá que adoptar una figura jurídica comercial preexistente (sociedad anónima por ejemplo) o en el mejor de los casos una cooperativa, mutual, etc. Adherir al régimen impositivo vigente, con el pago de los impuestos correspondientes y las cargas previsionales, o asumir la responsabilidad de la deuda devengada periódicamente, que aumenta los costos de funcionamiento y en definitiva lleva la búsqueda de atajos que el propio sistema otorga: por ejemplo, los regímenes de contratos laborales flexibilizados.
Al mismo tiempo, los equipamientos adquiridos deberán ser aquellos normatizados por los organismos del Estado, que –obviamente-- responden a los estándares tecnológicos de los grupos transnacionalizados que monopolizan el mercado de la electrónica e imponen tecnologías. De este modo, queda eliminada la posibilidad de producir tecnologías apropiadas sorteando las marcas y patentes impuestas. Y, junto a ello, la necesidad de competir en el mercado para sostener el nuevo andamiaje y sus requerimientos, que lleva a la búsqueda de ingresos mediante publicidades de empresas públicas y privadas, con el consecuente impacto en los contenidos. Y podríamos seguir un largo rato.
Así, aunque contraria a la opinión mayoritaria de teóricos y responsables de medios de comunicación que hoy existen en el aire bajo estado judicial precario o directamente ilegal  y que proclaman como acción política la presión por el reconocimiento estatal de medios de baja potencia o comunitarios, entendemos que los costos y restricciones inherentes a esta alternativa son peores que la situación actual.  Si existe la voluntad que los medios de comunicación sean herramientas para la lucha emancipatoria de la clase trabajadora, pensamos que tal vez sea mejor asumir la condición que caracteriza la ley del estado burgués a aquellas experiencias que no se ciñan a sus normas, tomar las medidas de seguridad que correspondan y no resignar ningún aspecto que desvíe su sentido original o disminuya su potencia libertaria. En casos en el margen, muchas veces fuera de la ley.

 

Grupo Alavío


Decimos interpretación generalizada porque el ejercicio del derecho a la versión desde “el otro lado” de los hechos o de la información, por un lado, y la crítica al encubrimiento y la manipulación generada por los grandes medios, por el otro, es a la vez sentido y práctica corriente.

La dictadura militar 1976-83, en efecto, silenció todas las voces que no fueran cómplices con su objetivo de aniquilamiento de la disidencia al modelo de acumulación capitalista neoliberal.

Estas experiencias de radio, pequeñas y comerciales, se orientaron desde el principio hacia el objetivo de valorización de capital, ocupando un medio escaso como lo es el universo de frecuencias de ondas que permiten transmitir señales radiofónicas o televisivas para ser fuente de ingresos monetarios en un futuro mediato.

Algunas radios obtuvieron permisos precarios de emisión por tiempo limitado otorgados por el COMFER, otras ganaron ante la justicia recursos de amparo y otras, directamente, se convirtieron en órganos de difusión de municipios, punteros y políticos locales.

Si bien no existe información precisa, se estima que llegaron a emitir más de cien canales en todo el país.

 
 
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